Fecha: 19/01/2026
Por qué cuidar la naturaleza es cuidarnos a nosotros mismos
«Durante gran parte de mi vida, he trabajado en la intersección entre la salud humana y la salud medioambiental. Durante tres generaciones, mi familia se ha dedicado a la atención sanitaria, con un enfoque constante en mejorar el bienestar de las personas a través de la ciencia. Crecí rodeado de conversaciones sobre la salud, cómo funciona el cuerpo, cómo mejorar la calidad de vida y cómo la ciencia puede ayudar a que comience una nueva vida».
Nos sentimos mejor en la naturaleza porque formamos parte de ella.
«Con el paso de los años, llegué a comprender que la salud humana y la salud de la naturaleza no son independientes. Son dos caras de la misma moneda. A medida que la ciencia y la tecnología siguen avanzando, nuestros progresos en materia de salud se han ampliado de manera notable, pero a veces olvidamos que todo comienza con el mundo que nos rodea. En nuestra búsqueda de curas, a veces pasamos por alto la más poderosa de todas: la naturaleza».
El poder curativo de la naturaleza
La naturaleza misma ha sido durante mucho tiempo una de nuestras mayores fuentes de curación. Muchos de nuestros medicamentos más eficaces, incluidos los tratamientos contra el cáncer y el dolor, tienen su origen en compuestos que se encuentran en plantas silvestres y organismos marinos. La corteza del sauce nos proporcionó la base para la aspirina, que ahora se utiliza en todo el mundo para aliviar el dolor y reducir la inflamación. De la planta dedalera se obtuvo la digitalina, un medicamento que ha salvado innumerables vidas al tratar afecciones cardíacas. La vinca rosada, una pequeña flor de Madagascar, dio lugar a tratamientos revolucionarios contra el cáncer. Y la planta ajenjo dulce nos proporcionó la artemisinina, un potente remedio contra la malaria. Estos son solo algunos ejemplos que nos recuerdan que proteger la biodiversidad no solo consiste en salvar especies, sino también en salvaguardar la farmacia de la naturaleza, una fuente viva de remedios que ya ha transformado la salud humana.
Un ecosistema, una salud
La ciencia confirma cada vez más lo que muchos de nosotros hemos sentido desde hace tiempo: que nuestra salud depende de la salud del mundo natural. El concepto de «Una sola salud», reconocido por la Organización Mundial de la Salud, refleja esta conexión. Afirma que el bienestar de las personas, los animales y los ecosistemas es inseparable. Se trata de un sistema vivo, en constante equilibrio.
Cuando perdemos biodiversidad, perdemos más que las extraordinarias especies que comparten nuestro planeta. Perdemos la estabilidad de los sistemas que nos alimentan, protegen y curan. El plancton que flota en el océano produce gran parte del oxígeno que respiramos y sustenta redes tróficas completas. La vida microbiana de los bosques y los suelos filtra el agua que bebemos y enriquece los cultivos que nos nutren. Cada pérdida de biodiversidad debilita esta red de vida y, con ella, nuestra propia resiliencia.
Y al perder esos beneficios, también creamos nuevos riesgos. Cuando los ecosistemas marinos se degradan, las toxinas y los microplásticos se introducen en los alimentos que comemos y el agua que bebemos. Cuando la contaminación atmosférica empeora, aumentan las tasas de enfermedades cardíacas y respiratorias. No se trata de problemas medioambientales aislados, sino de síntomas del mismo desequilibrio.
Reconectando para el bienestar
La capacidad de la naturaleza para sostenernos no es solo ecológica. Es profundamente personal. Cada vez más estudios demuestran que pasar tiempo en entornos naturales reduce el estrés, disminuye la presión arterial y fortalece el sistema inmunológico. Un amplio estudio realizado en el Reino Unido reveló que las personas que pasaban al menos dos horas a la semana al aire libre tenían un 59 % más de probabilidades de declarar gozar de buena salud y un 23 % más de probabilidades de declarar un alto nivel de bienestar, independientemente de su edad, ingresos o ubicación. Otras investigaciones demuestran que incluso breves momentos en la naturaleza, un paseo por un parque, el canto de los pájaros o la vista del agua pueden aliviar el estrés, estabilizar la mente y agudizar nuestra atención.
No se trata de lujos ni de coincidencias. Son recordatorios de lo estrechamente que nuestros cuerpos y mentes están sintonizados con los ritmos naturales que nos rodean. Durante millones de años, los seres humanos evolucionaron en conexión con el mundo natural. Nos sentimos mejor en la naturaleza porque formamos parte de ella.
Cuando creamos santuarios para la naturaleza, también creamos santuarios para nosotros mismos.
Esta conexión entre la naturaleza y el bienestar es especialmente poderosa y cada vez más necesaria para los jóvenes. Sin embargo, un estudio a largo plazo realizado en Estados Unidos reveló que, entre 1981 y 2003, el tiempo que los niños dedicaban a actividades al aire libre se redujo a la mitad. El tiempo que se pasa al aire libre fomenta la confianza, la curiosidad y la empatía, cualidades que no se pueden enseñar solo en el aula. A través de mi programa Sow My Dream, que anima a las escuelas a llevar el aprendizaje al aire libre, he visto cómo la naturaleza puede despertar algo esencial en los niños: un sentido de asombro y pertenencia, junto con un pensamiento crítico y una pasión que nutre la mente, el cuerpo y el corazón. Una pasión que pueden llevar consigo durante toda su vida, sea cual sea el camino que elijan.
Nuestro terreno común
Sin embargo, en nuestro mundo cada vez más urbano y digital, la naturaleza se ha convertido en algo que visitamos en lugar de algo en lo que vivimos. Reconstruir esa conexión fortalece no solo nuestra salud, sino también nuestras comunidades. Los espacios verdes y azules unen a las personas, restauran nuestro espíritu y fomentan un sentido de pertenencia y propósito. Cuando las personas tienen acceso a la naturaleza, son más propensas a ser activas, a relacionarse con los demás y a cuidar los lugares que comparten. Ya sea en las escuelas, los vecindarios o los lugares de trabajo, reconectarse con la naturaleza como sociedad demuestra que el bienestar no es solo personal, sino que se comparte.
Nuestros parques, ríos, bosques y el vasto océano nos enseñan que lo que sustenta a una comunidad nos sustenta a todos. Por eso, cuidar estos espacios compartidos no es solo un deber medioambiental, sino un acto de cuidado mutuo. Esta es la idea que subyace al objetivo global 30×30, adoptado en el marco del Convenio sobre la Diversidad Biológica, de proteger al menos el 30 % de la superficie terrestre y oceánica del planeta para 2030.
El remedio que nos rodea
Cuando creamos santuarios para la naturaleza, también creamos santuarios para nosotros mismos, lugares donde la vida puede recuperarse, la armonía puede volver y las generaciones futuras pueden prosperar. Proteger la naturaleza no consiste en mantener alejadas a las personas, sino en dar espacio a la vida para que crezca, de modo que la humanidad también pueda prosperar.
Nuestro bienestar depende de la salud del planeta. Cada acción que realizamos para cuidar la naturaleza, proteger la tierra y el océano, preservar la biodiversidad y crear espacios para la vida silvestre es una inversión en un futuro más saludable y resiliente.
Cuanto más cuidamos la naturaleza, más nos recompensa.
El remedio que siempre hemos necesitado está a nuestro alrededor. Solo tenemos que aceptarlo.
FUENTE: Dona Bertarelli (presidenta ejecutiva de Dona Bertarelli Philanthropy y Copresidenta de la Fundación Bertarelli) para www.nautilus.us
