Fecha: 23/10/2025
La humanidad ha traspasado siete de los nueve límites planetarios, lo que pone de relieve la urgencia de armonizar el crecimiento con la estabilidad ecológica.
Para desarrollar la resiliencia dentro de los límites planetarios es necesario armonizar la ciencia, las políticas, las finanzas y la cultura.
La tecnología, desde la inteligencia artificial hasta la fabricación circular, puede convertirse en inteligencia ecológica cuando se combina con una gobernanza inclusiva.
En un mundo en el que se aceleran las crisis climáticas, geopolíticas y geoeconómicas, hay una verdad que ya no se puede ignorar: la prosperidad de la humanidad depende de que se restablezca el equilibrio entre nuestras sociedades y los sistemas terrestres que las sustentan.
El marco de los límites planetarios, desarrollado por un grupo de 28 científicos liderado por Johan Rockstrom en el Stockholm Resilience Centre, describe nueve procesos del sistema terrestre que, en conjunto, definen un «espacio operativo seguro» para la humanidad. Los científicos estiman ahora que siete de estos límites —el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el cambio en el sistema terrestre, el agotamiento del agua dulce, los flujos biogeoquímicos de nitrógeno y fósforo, entidades novedosas como la contaminación química y plástica, y la acidificación de los océanos— ya se han superado. Solo dos, el ozono estratosférico y los aerosoles atmosféricos permanecen por ahora dentro de los límites seguros.
En las reuniones anuales del Foro Económico Mundial sobre los Consejos Mundiales del Futuro y la Ciberseguridad celebradas en Dubái, los expertos participantes se reunieron en una sesión denominada «Laboratorio de resultados sobre la naturaleza y el clima».
Charlotte Pera, directora ejecutiva del Acelerador de Sostenibilidad de la Escuela de Sostenibilidad Doerr de Stanford, recordó a los participantes que «nuestra primera tarea es volver a situarnos dentro de esos límites». Sin embargo, también subrayó que no se trata de una cuestión de escasez, sino de oportunidad: la oportunidad de reconstruir la prosperidad sobre bases sólidas y duraderas.
De la crisis planetaria a la inteligencia planetaria
Las herramientas para la transformación ya existen. Irónicamente, muchas de ellas son producto del mismo ingenio que en su día nos llevó a sobrepasar los límites ecológicos. La energía solar y eólica, los flujos circulares de materiales, la agricultura regenerativa y los sistemas avanzados de datos apuntan hacia la posibilidad de una nueva síntesis entre prosperidad y gestión medioambiental responsable.
Pero la tecnología por sí sola no generará cambios. «Las nuevas tecnologías suelen ser más costosas, requieren un largo proceso de aprendizaje y tienen dificultades para alcanzar economías de escala», observó Pera. La transición exige políticas coordinadas, capital paciente y confianza pública. La historia demuestra que la perseverancia da resultados. Los vehículos eólicos, solares y eléctricos fueron en su momento experimentos minoritarios; hoy en día son fundamentales para las políticas energéticas e industriales de todo el mundo.
«Aunque estés junto al río, no malgastes el agua», dijo Fawad Qureshi, director tecnológico global de Snowflake, recordando un dicho de su Punjab natal, la tierra de los cinco ríos. «La abundancia nunca es una excusa para el despilfarro», afirmó Qureshi. Su advertencia va mucho más allá de los recursos naturales. Se aplica igualmente a los datos, la energía y las finanzas. Sin una gestión responsable, la abundancia se vuelve frágil.
El reto consiste en convertir la abundancia tecnológica en inteligencia ecológica: utilizar la inteligencia artificial, los sensores y los satélites no solo para aumentar la eficiencia, sino también para comprender, valorar y restaurar el capital natural. Los modelos de IA que rastrean la biodiversidad predicen las sequías o mejoran el uso de los recursos pueden ser tan transformadores para la sostenibilidad como lo han sido para la productividad.
Revalorización del capital natural
Todas las economías dependen de la salud de sus ecosistemas. Sin embargo, el PIB, la medida dominante del progreso, sigue ignorando la depreciación de la naturaleza. El próximo reto es hacer visibles los activos naturales en términos económicos, incorporando su valor en la contabilidad, las finanzas y las políticas.
Andrea Meza Murillo, secretaria ejecutiva adjunta de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, describió cómo Costa Rica logró esto en la práctica. El país sufrió en su día una de las tasas de deforestación más altas del mundo. Gracias a decisiones políticas audaces, como la prohibición de la conversión del uso del suelo y la dedicación de una parte de los impuestos sobre los combustibles fósiles a pagar a los propietarios de tierras por la gestión forestal, Costa Rica revirtió la deforestación en una generación. «Los activos naturales pueden valorarse como tesoros nacionales», afirmó. El resultado no fue un crecimiento más lento, sino más fuerte, con el turismo, la agricultura y los servicios ecosistémicos floreciendo juntos.
Este principio se extiende mucho más allá de Costa Rica. Muchas economías emergentes están integrando ahora la gestión de la tierra, el agua y el suelo en sus estrategias de desarrollo. Los ecosistemas degradados reducen la resiliencia, socavan la seguridad alimentaria y aumentan la inestabilidad social. Su restauración fortalece las economías y crea puestos de trabajo. Las comunidades indígenas, cuya capacidad y profunda conexión con la ecología local a menudo se han infravalorado, deben ser incluidas y compensadas de manera justa por su papel en la protección de la naturaleza.
Economía para un planeta finito
Los mercados por sí solos no pueden reajustar los incentivos con la suficiente rapidez. Corregir las señales de precios que fomentan el agotamiento significa eliminar gradualmente las subvenciones perjudiciales, ampliar las normas de inversión positivas para la naturaleza, ampliar el acceso a la financiación ecológica para las pequeñas y medianas empresas y otras políticas respetuosas con el medio ambiente. Por ejemplo, fijar un precio adecuado al agua puede reducir el desperdicio y las fugas, al tiempo que fomenta la innovación en tecnologías de conservación. Mecanismos innovadores, como la acumulación de créditos de agua y carbono, podrían ayudar a canalizar el capital hacia proyectos de adaptación que reporten múltiples beneficios.
La economía de la salud planetaria requiere tanto precisión como empatía: precisión para captar los verdaderos costes de la contaminación y el agotamiento, y empatía para garantizar que las transiciones sean justas. La economía política de la acción climática determinará su éxito tanto como la propia tecnología. La equidad y la inclusión son esenciales, ya que diversas formas de rechazo público, desde la resistencia a los vehículos eléctricos hasta la oposición a las bombas de calor, han demostrado que la legitimidad social es tan importante como la viabilidad técnica.
La cooperación global sigue siendo indispensable. El sistema multilateral se ve sometido a la presión de la fragmentación, pero, como argumentó Meza Murillo, «no podemos permitirnos aislar nuestras soluciones». Hizo un llamamiento a una coordinación más estrecha entre las tres Convenciones de Río —sobre el Cambio Climático, la Biodiversidad y la Desertificación— para que los esfuerzos por proteger la naturaleza, restaurar la tierra y descarbonizar las economías se refuercen mutuamente en lugar de competir por los recursos.
Un nuevo contrato social para la sostenibilidad
Si la tecnología y la economía son los motores de la transformación, la innovación social es el mecanismo de dirección. Como destacó Pera, cerrar la brecha digital, ampliar la educación y empoderar a las comunidades son condiciones previas para una transición sostenible. Sin inclusión, incluso las mejores tecnologías fracasan.
Este principio se aplica desde el ámbito local hasta el global. Las cooperativas rurales que gestionan los recursos hídricos, las redes urbanas que comparten datos sobre adaptación y las alianzas internacionales sobre biodiversidad demuestran cómo la información abierta puede fomentar la rendición de cuentas y la confianza.
La inclusión también implica un cambio cultural. Las sociedades deben llegar a considerar la gestión responsable como un éxito, no como un sacrificio. Los jóvenes deben ver el clima y la biodiversidad como fuentes de propósito y orgullo. Esa revalorización de los valores puede ser tan transformadora como cualquier avance en la ciencia de la energía o los materiales.
De la ambición a la alineación
La ambición no es algo que le falte al mundo. El ingrediente que falta es la alineación: la alineación entre la ciencia y la política, las finanzas y la equidad, la tecnología y la confianza. La reunión de Dubái ilustró cómo estas fuerzas pueden converger: los científicos advierten sobre los límites planetarios, los tecnólogos proporcionan herramientas para obtener información, los responsables políticos rediseñan los incentivos y las comunidades insisten en la equidad.
La tarea que tenemos por delante es institucionalizar esa convergencia. Los gobiernos pueden crear corredores innovadores que conecten los clústeres de tecnologías limpias con proyectos basados en la naturaleza. Las empresas pueden ampliar la contabilidad de la biodiversidad junto con la divulgación de información sobre las emisiones de carbono. Las instituciones multilaterales pueden combinar la financiación de la adaptación con el alivio de la deuda para desbloquear la inversión en restauración.
Cada una de estas acciones refleja una verdad más amplia: la sostenibilidad ya no es un nicho medioambiental, sino una necesidad para el desarrollo. El ingenio que construyó el mundo moderno puede reconstruirlo dentro de los límites planetarios.
El camino por seguir no es lineal ni fácil. Sin embargo, no se trata de una elección de suma cero entre crecimiento y restricción. Es un reto de diseño que requiere que la ciencia defina los límites, la tecnología los recorra y la gobernanza garantice la equidad a lo largo del camino.
Como se afirmó en los debates celebrados en Dubái, la prosperidad en el siglo XXI no se medirá por la cantidad que la humanidad extraiga, sino por su capacidad de regeneración.
FUENTE: World Economic Forum
Estas ideas se basan en la experiencia y la colaboración de los miembros expertos de 12 Consejos Mundiales para el Futuro, entre los que se incluyen los Consejos sobre Resistencia a los Antimicrobianos, Aire Limpio, Gobernanza del Clima y la Naturaleza, Fronteras de los Datos, Fronteras de la Tecnología Energética, Economía Forestal, Buena Gobernanza, Financiación Innovadora para la Naturaleza y el Clima, Capital Natural, Naturaleza y Seguridad, Economía Azul Regenerativa y Suelos.
